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Artistas marciales brasileños forman grupo de vigilantes contra ladrones playeros

Fightland Blog

Por Josh Rosenblatt

Imagen vía el usario de Flickr nanpalmero.

En febrero de 2014, Fightland US publicó un texto sobre una unidad especial del departamento policiaco de Sao Paolo, Brasil que había sido entrenada para utilizar el jiu-jitsu brasileño para lidiar con alborotadores. Los 140 oficiales de la Tropa do Braço estaban equipados sin armas, sólo tres meses de entrenamiento de jiu-jitsu brasileño—lo mejor, dijo el vocero de la policía, para someter sin lesión o muerte a las masas grandes personas protestando contra la decisión del país de ser anfitrión para la Copa del Mundo durante un periodo de una creciente desigualdad económica. En protestas subsiguientes, el uso de la Tropa resultó en muchas menos lesiones de civiles y policías, pero no pudimos más que preguntarnos en ese momento sobre el precio psíquico que el país paga cuando utiliza a su deporte nacional (un deporte diseñado para darle a los débiles una oportunidad de pelea contra los fuertes) contra su propia gente, especialmente cuando esas personas están en las calles peleando por los derechos de los pobres.

Bueno, ha pasado más de un año desde que la Copa del Mundo terminó (¿acaso la histórica goleada por parte de los alemanes sobre el país anfitrión fue una venganza del karma para la Tropa do Braço?). Brasil ahora se está preparando para ser anfitrión de los Juegos Olímpicos del 2016, y el país está de nuevo siendo testigo del uso del jiu-jitsu brasileño como herramienta para someter a la violencia de las multitudes como resultado de la desigualdad económica. Sólo que esta vez, las multitudes carecen de un mensaje político y los que someten no son los policías, sino la gente misma. 

Según reportajes en los medios brasileños, Río de Janeiro, donde los Juegos Olímpicos tienen programado arrancar en 316 días desde la fecha de esta publicación, está de alguna manera en asedio de grupos grandes de adolescentes pobres provenientes de favelas locales quienes bajan a las playas de Copacabana, Ipanema, Arpoador, Botafogo y Humaitá en masas, corriendo entre las multitudes y aterrorizando a los que toman el sol, atormentando a los policías, arrebatando bolsos, celulares y otros artículos de valor. Las autoridades dicen que esta ola reciente (aunque no nueva) de asaltos masivos conocidos como arrastoes o emboscadas, coincide con el declive brusco de la economía de Brasil, misma que ha estado plagada de divisiones profundas entre los ricos y los pobres desde cualquier memoria.

Hasta hace poco, los agentes policiacos habían estado lidiando con los arrastoes con el empleo de cateos de los menores de edad en los camiones dirigidos a las playas y restringiendo a jóvenes de entrar a las playas públicas. Pero después de las protestas públicas y ataques legales de activistas de derechos humanos, clamando que los métodos de los policías eran discriminatorias (la gran mayoría de aquellos siendo detenidos y cateados siendo, justo como en muchas otras ciudades del mundo, negros), una corte prohibió que la policía catee camiones y detener preventivamente a los jóvenes quienes no habían cometido crimen alguno. Desde entonces, el número de incidentes en las playas y en las calles de Río de Janeiro han incrementando un tanto.

Con el fin de esas tácticas cuestionables por parte de las fuerzas policiacas y el incremento de incidentes violentos, los ciudadanos han tomado la defensa contra los ladrones en sus propias manos, ahuyentando a sospechosos, y ayudando a los policías asegurar los arrestos. El fin de semana pasado, un grupo de ciudadanos tomaron un paso gigantesco hacia delante, aunque, atacando a un camión que estaba regresando a los suburbios, rompiendo sus vidrios y atacando a los pasajeros quienes estaban intentando de escapar por las ventanas.

Y ahora más grupos formalizados de vigilantes están surgiendo en el internet, prometiendo venganza y haciendo un llamado para que los ciudadano tomen las cosas bajo sus propias manos. Un grupo en Copacabana está planeando una acción organizada este domingo, diciéndole a las personas a traer bates de beisbol, nudilleras de metal, macanas, pistolas paralizantes, y otras armas para lo que ellos han llamado una “limpieza de la zona sur”. ¡Una limpieza! Un crítico en el sitio dijo que estos vigilantes “quieren luchar contra los bandidos al convertirse en bandidos”, y el Secretario Estatal de Seguridad Pública de Río, José Mariano Beltrame, le dijo a la prensa que teme que el incremento de “justicia” de vigilantes resultará en linchamientos y dijo que la policía tendrá dos problemas enormes en sus manos en vez de uno.

En momentos como estos, uno siempre espera que cabezas más frías prevalezcan, tal vez cabezas que estén entrenadas en el arte de utilizar las habilidades de combate para el bien. Por ejemplo, hace dos semanas, una peleadora de MMA llamada Monique Bastos sometió a un ladrón en Acailandia utilizando técnicas de jiu-jitsu, manteniendo al criminal de huir pero también protegiéndolo de la multitud enojada que se reunió rápidamente. Eso es el arte marcial en excelencia: fortaleza y humanidad todo en uno. Pero soy un tanto escéptico cuando se trata de seres humanos en un grupo, convencidos que una mentalidad de pandilla siempre prevalecerán cuando se la da el más mínimo espacio para respirar. Entonces, no estaba del todo sorprendido cuando escuché que un grupo de 30 peleadores de artes marciales mixtas en Brasil habían formado recientemente su propio grupo de vigilantes para lidiar con los arrastoes. Según los miembros del grupo, hacen cateos en camiones públicos, buscando a jóvenes que “parecen que no tienen ni un [peso] en la bolsa”. Pero no se preocupen por cositas como la catalogación racial o discriminación de clases, o desesperada manía irracional de violencia grupal: la pandilla de MMA jura que no lesionan a los pasajeros jóvenes de los camiones cuando llegan a tener en sus manos altamente entrenadas a alguno de ellos. “No les damos palizas. Les queremos demostrar que no somos rehenes. La policía nos apoya”, dijo Daniel, un miembro de la pandilla, al periódico local Folha de Sao Paolo. “La evidencia es que no nos arrestaron”.

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