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De Golpes y Acantilados: Entrenando en la casa de Conor McGregor

Fightland Blog

Por Chantal Flores

Fotografías por Chantal Flores.

Lo veo brincar alrededor de mí—sus pies nunca se cruzan, sus guantes esconden sus ojos— mientras yo sigo girando sobre mi propio eje. Sigo sin creer que esté en Dublín tirando golpes, o más bien, recibiendo golpes. Atrás y adelante, me tira el jab, el gancho, la patada. Esquivo, pierdo la postura, recupero, respiro. A través de mis guantes sigo viendo a mi oponente, tan alto, tan fornido, con una espalda que sabe tirar golpes, con una mirada fija en el blanco: Yo

No es que me de miedo el sparring—aunque todavía no logro controlar mi parpadeo cuando vienen los golpes—, es que me da miedo un sparring aquí: en el Straight Blast Gym, hogar de Conor McGregor, campeón interino de peso pluma en UFC.

Enfrente de las vías del tranvía, situado en unas bodegas industriales, está el reconocido gimnasio donde el polémico peleador irlandés se prepara. Entro tímidamente, el hombre detrás de la recepción continúa absorto en el monitor y pregunto con mi característico acento regio, pero en inglés:

- Hola, vengo a probar una clase
- Striking para principiantes o jiu-jitsu para avanzados?

Pauso por unos segundos y rápidamente recorro mi primer año entrenando MMA: cuando me estrangularon, cuando di mi primera patada con la espinilla, cuando la ingle casi se me desgarra con un banana split, cuando una quinceañera me dio mi primer puñetazo.

- Striking para principiantes, por favor.

Dejo mis botas en la entrada, y camino hacia al segundo tatami donde será mi clase. A mi lado izquierdo, está el espacio más grande con un tatami amarillo chillante con el mantra del gimnasio impreso en letras negras gruesas: This is SBG - you will be ok. Muy bien, todo estará bien, me digo, mientras paso la pequeña área de pesas y el ring de box pegado a la pared donde cuelgan los cinturones del triunfo.

Llego a mi pequeño tatami amarillo rodeado de diferentes banderas de países y de la emblemática jaula. La clase ya empezó, los compañeros avanzan en línea recta tirando jabs y enfocados en el desplazamiento de pies. “Entra”, me dice el instructor.

Agradezco que en ese momento no logré identificar quién era el que me iba a estar corrigiendo con tanta precisión: parecía como un cirujano operando un corazón abierto. Sus primeras palabras fueron un sutil elogio sobre mi desplazamiento de pies, lo cual aprecié porque es algo que siempre intento mejorar.

Después vinieron más combinaciones, más conexiones cerebrales, más correcciones. Mi compañera —una irlandesa de estatura media, robusta, y mediana edad — me pregunta si he hecho esto antes. Miento porque no estoy segura si la definición de principiante aquí es la misma que en México. Ella me dice que también va empezando; unos cuantos golpes después confirmo que las definiciones son diferentes en ambos países.

Lo que al principio era para mí una simple clase de principiantes se empezó a tornar en una cátedra, era como si estuviera viviendo en carne propia un análisis del golpeo de Jack Slack, que casi nunca entiendo. Pero, ahora no estaba sólo entendiendo, lo estaba sintiendo: el golpe, la velocidad, los golpes falsos, la biomecánica, los movimientos, la estrategia del golpeo.

Seguí escuchando a mi instructor—de quién aún no sabía su nombre—con una atención e interés que hace mucho no sentía. En los últimos meses, había perdido el interés de entrenar, mientras  caía en una rutina de reproducir movimientos mecánicos para ejercitarme y distraerme. Las MMA ya no me estaban retando, y yo ya no tenía ganas de ponerme a prueba.

Pero ahora, aquí estaba, a miles de kilómetros de mi gimnasio, escuchando a un hombre alto y flaco con acento irlandés pidiéndome movimiento, soltura, fluidez. No era que sólo me enfocara en mis pies, o en mi gancho, o que me corrigiera la dirección de la punta de mi pie de enfrente, o el paso que me faltaba dar para salir y soltar el golpe — era todo. Sentía como si por primera vez estuviera viviendo el arte marcial en su entereza, o al menos desde su base.

Al terminar la clase, corrí hacia él, le agradecí por las enseñanzas, y le pregunté su nombre: Owen  Roddy. Pasaron los días, recorrí el impresionante sur de Irlanda con su mar del norte, majestuosos paisajes, y vientos que realmente ponen a prueba tu parado.

Al llegar a los acantilados de Moher, los vientos eran de 150 kilómetros por hora, la adrenalina perfecta para prepararte para un encuentro que en mi vida me imaginé iba a tener. Caminé con toda mi fuerza mientras el aire seguía escupiendo una llovizna helada, reí, volteé a ver a mi madre —quién me había invitado a este viaje para cumplir su sueño: ver los acantilados—y continuamos desafiantes hacia la baranda de piedra que escondía lo que buscábamos.

Tomamos varios aviones, manejamos en sentido inglés miles de kilómetros, recorrimos bosques, praderas, costas, tomamos un ferry, desafiamos los vientos, y aquí estábamos: una hija de 30 años viendo a su madre de 60 años llorar frente a un espectacular accidente geográfico que hace que la vida sea más que reproducir movimientos mecánicos. Pausé por unos segundos, no entendía nada, sólo estaba sintiendo: el agua golpeando las rocas, la vegetación verde como cuando aplastabas la plastilina en una cartulina para la maqueta de la escuela, la velocidad del viento, el mar—mucho mar—, el precipicio—cautivador—, y mi mamá: cumpliendo un sueño más.

Y seguimos, recorriendo el Anillo de Kerry—una ruta escénica de 179 kilómetros—, atravesando aldeas con sus casitas pintorescas, comiendo fish and chips, tomando unas Guiness, saludando a las ovejas, y escuchando música gaélica. Dublín cada vez quedaba más lejos.

Pero, siempre antes de llegar al hotel recordaba: Qué no se me olvidé googlear a Owen. Lo hice hasta hoy. “Rowdy”: elemento esencial de la esquina de McGregor y uno de los primeros peleadores irlandeses de los que se esperaba grandes triunfos en el octágono. Sonreí. Los lugares a donde mi ignorancia me ha llevado…

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