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El año en que mi hermana, Ronda Rousey, se convirtió en superestrella

Fightland Blog

Por Maria Burns Ortiz

Fotografías cortesía de Maria Burns Ortiz

Se siente como si estuvieras dentro de una lavadora. Te empujan de lado a lado, de atrás hacia delante. No puedes ver nada de manera clara y cada ves que estás por orientarte, te empujan de nuevo. Eventualmente, te das por vencido y permites que te empujen entre las masas.

¿Cómo se siente eso? Eso es estar dentro de todo lo que es Ronda. O tal vez es estar fuera, en su círculo, pero teniendo una perspectiva desde fuera de la burbuja. Hay tantas preguntas. ¿Cómo es ella? ¿Cómo ha sido su viaje? ¿Cómo han cambiado las cosas? Más que nada, la gente quiere saber que ocurrió desde “entonces”: esa noche en Australia, el momento en que el mundo supo que no era invencible. Pero esta historia no es sobre lo que ella piensa o sus reflexiones sobre esa noche, o este año, o lo que sea. Eso es para que ella lo cuente con sus palabras. Es para que ella lo comparta cuando esté lista.

Todo lo que yo se es que ella nunca fue invencible. No para mí. Tu piensas que tus padres son invencibles. Pero siempre piensas en tus hermana pequeña como en una niña delgada por quien te arremangabas el suéter para protegerla y peleabas contra quien sea que la molestara—incluso si, años después, tu hermana es más grande que tu (sin mencionar que te supera por muchos músculos) y es más que capaz de defenderse sola.

Ronda conociendo a su sobrino, Cal, en enero. Antes de que naciera, Ronda dijo que lo iba a “molestar” para hacerlo rudo para que fuera pelador. Sus primeras palabras al conocerlo con los ojos llorosos fueron, “Ay, nunca podría molestarte”.

Ronda se ha convertido en una de las estrellas más grandes en los deportes. Un nombre emergente en Hollywood. Patrocinadora, vocera, modelo a seguir y un imán para la controversia—amada y odiada de igual manera por aquellos que nunca la conocerán, lo cual es muy irreal porque yo no la veo como esas cosas. Ella es solo Ronda. Es la chica que iba al centro comercial a torneos de Pokemon. Es la que dejaba sus gis de judo sudados en el baño que yo tenía que patear cuando salía de la regadera. Es la que hicimos bajar por las escaleras en una canasta de ropa para ver si estrellaría la ventana al final. (No sucedió, pero eso no evitó que mi madre nos gritara por tanta “estupidez”). Vive en un bungaló en la playa Venice que—a pesar de haber contratado a una señora que se encarga de la limpieza—aún luce como si su clóset hubiese explotado por toda la sala. Es valiente, sensible, graciosa y “sólo Ronda”. Nada que haya ocurrido en el último año o los últimos 20 años o que ocurra en los siguientes 20 años lo cambiará. Claro, nadie quiere escuchar eso. Quieren ver el drama. Quieren entender cómo es estar dentro del torbellino, en el giro constante que fue el año de Ronda—un año que la vio ascender a un estatus de semi-diosa cuando ganó dos peleas, estelarizó películas, firmó patrocinios, engalanó portadas de revistas, inspiró murales, publicó un libro, y de manera casi inescapable, hizo cosas que tal vez ningún atleta había logrado.

Fue un año que eventualmente la vio perder en el ring—no por primera vez en su vida, sino en un escenario más grande que antes, frente de miles de personas que la querían ver fallar. Pero también, le recuerdo a menudo, frente a millones de personas que la querían ver triunfar.

Es una de mis fotografías favoritas de Ronda de este año. Es unos minutos antes de que nos fuéramos de Rio. Es la playa Copacabana en el fondo. Fue el fin de una hermosa semana que pudimos pasar juntas (madre y hermanas), cosa que nunca podemos hacer por todo lo que tenemos que hacer.

Es ruidoso. Todos gritan, saltando para ser escuchados por encima del ruido. Y hay manos por todas partes, alcanzando, estirándose para tocarla. Es una extraña combinación de una arena sombría antes de que las luces se enciendan sobre el público y el brillo de las luces de cámaras, frente a su cara, transmitan su imagen al mundo.

A menudo me preguntan su leí tal historia sobre Ronda o aquella, o si vi el segmento en SportsCenter o aquella aparición en tal programa de televisión. Se decepcionan cuando mi respuesta es no. Estoy ocupada. Tengo tres hijos, un perro, una compañía y, ¿qué me va a decir un artículo sobre Ronda que yo no sepa? Digo, literalmente escribí un libro sobre ella. Así que no leo, no veo, y no se lo que todos dicen sobre ella porque nada de lo que nada de lo que digan será preciso, y aparentemente, muy a menudo, será completamente incorrecto.

Pero escucho cosas, de terceras personas. Escucho que la gente dice cosas insensibles, detestables y horribles sobre mi hermana—y mi madre—y no trato de encontrarles sentido, porque no se puede. Es algo muy extraño, duro, cuando el mundo cree que conoce a alguien—esa idea de que la sociedad de pronto posee los derechos para construir una persona o destruirla porque es una figura pública. Ver que eso ocurre a alguien que amas es suficiente para volverte loco—a menos que te desconectes de eso, cosa que yo hago.

A veces me pregunto cómo es que la gente puede decir cosas tan horribles sobre alguien que no conocen, alguien a quien nunca han visto en persona. Los atribuyo al hecho de que tal vez sus madres no los amaron suficiente, y luego maldigo la parte del Internet que permite que la gente se esconda en el anonimato cuando dejan salir las peores partes de si mismos.

A veces, lo único que puedo hacer es pensar, “¿Qué carajos le pasa a la gente?”

Luego sigo con mi vida, porque no se puede desperdiciar mucho tiempo pensando en la estupidez de otras personas.

Antes de que viajáramos a Australia, mi hija Eva me dijo que estaba emocionada por dos cosas: 1) ver a Ronda (había pasado una semana desde la última vez que la había visto) y 2) alimentar canguros. Fue un momento dulce que capturé de ellas dos en los entrenamientos abiertos.

Y luego sales del túnel, volteas y esperas que todo esté tranquilo. Pero hay un movimiento constante, no el caos frenético del público sino un montón de personas junto al cemento y las luces fluorescentes. Son direccionadas aquí, y luego hacia allá. El flujo de adrenalina se agota, pero sabes que pasarán horas antes de que termine la noche.

Tres peleas en tres continentes en nueve meses. Una gira presentando el libro. Reuniones de Hollywood. Libretos por leer. Sesiones de fotos. La portada de Sports Illustrated, Self, Shape y revistas de las que nunca había escuchado. Conducir en ESPN. Apariciones en Ellen, Kelly and Michael, Good Morning America, The Tonight Show, Jimmy Kimmel Live! Su imagen en pantallas de televisión por todas partes. Campamentos de entrenamiento. Es demasiado. No es una excusa. Es un hecho.

Como todos los años, este fue una colección de subidas y bajadas, donde no recuerdas los detalles de los eventos sino las emociones que esos momentos causan.

Celebramos la victoria de Ronda en febrero sobre Cat Zingano en UFC 184, cantando “¡Feliz cumpleaños!” en un restaurante en Hollywood mientras devoraba platillos de alitas de pollo. Pasamos la semana en Rio en un penthouse con vista a la playa, rezando en el santuario dentro del Cristo Redentor, y alimentando monos  luego de que noqueó a Bethe Correia en agosto en UFC 190. Esas son las partes que recuerdo más que las peleas.

Nuestra familia el Día de Acción de Gracias. Mi madre demandó que tuviéramos un tema para la cena, así que nos pusimos sombreros. Todos los sombreros fueron cortesía de mi hermana Jennifer (usando el bombín) y su esposo Chris (usando la gorra de aviador).

Luego sucedió Australia, donde esperábamos que Ronda ganara. Como siempre lo hacía. Pero no lo hizo. No he visto la pelea de nuevo. No he leído sobre ella. No lo haré. No le veo sentido revivir un momento donde murió una parte de mi querida hermana, cuando vi a alguien que quiero con el alma devastada. Vi lo horrible que puedes ser las personas con alguien que ni siquiera conoce, lo que me hizo apreciar más cuando vi lo bien que la trataron sus amigos y familiares. Esas son las personas que importan. El mundo vio a Ronda caer, pero tuve la oportunidad de verla levantarse. Estar orgullosa de ella y feliz por ella cuando gana, y estar orgullosa y preocupada por ella cuando pierde. Decirle que la quiero igual en los momentos después de la pelea que en los momentos antes. De alejar la negatividad. Ayudarla a ponerse de pie. No sólo en las últimas semanas, sino en los últimos 28 años.

Cuando algunas personas reflexionen sobre Ronda y 2015, lo veremos definido por un evento. Lo ven como el final. De alguna manera tienen razón—pero eso sólo significa que estamos en un nuevo comienzo.

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