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El Compañero de Entrenamiento

Fightland Blog

Por Chantal Flores

Fotografías vía Bujutsu.

“Saca toda la ira”, me dice mi compañera mientras intento dar más de cien patadas en tres minutos. Hasta ese momento, no había sentido ira, pero de repente sus palabras se convirtieron en el mejor himno del resto de los tres minutos. Logré 113 patadas.

Casi todos los días—dependiendo de nuestra disciplina y constancia—nos enfrentamos a alguien, mejor conocido como nuestro “compañero”. Puede ser un buen amigo, o puede ser alguien que sólo ves a la hora de entrenar. A lo mejor nunca vas a saber su nombre, ni vas a mantener una conversación más larga que los 30 segundos de descanso entre los rounds. Si es que esos segundos no los pasas recuperando el aire. Pero él, o ella, ve una parte de ti que los de tu vida diaria a lo mejor nunca han visto. 

Están todos parados en una línea horizontal, o vertical dependiendo de donde mires, sosteniendo lo que vamos a golpear: las manoplas, los thai pads, el dummy. Nosotros, los de enfrente, o los de atrás dependiendo de donde mires, estamos parados con nuestros guantes listos para golpear, y nuestras piernas nunca listas para patear.

Velocidad. Tres golpes y una patada. “Ponlos más rápido, me estás deteniendo”, le dice el que golpea al que sostiene los thai pads. Uno ha competido en varios torneos nacionales de muay thai; el otro simplemente quiere olvidarse de su vida Godínez por unos minutos. Mueve los thai pads rápido, pero el otro también incrementa su velocidad. Los dos se frustran.

Cambio. Potencia. Estos otros dos pelean y compiten, o al menos entrenan para en un futuro lograr eso. Se siente la armonía; los objetivos compartidos. Él mueve la manopla, el otro tira un gancho con todo su poder. Retumba. Caminan, se mueven, se sincronizan. Vuelve a mover la manopla y el puño del otro explota en el golpe. Los que no golpeamos así hasta volteamos a ver.

Del otro lado del salón, está ella que quiere bajar de peso y la otra ella que no sabe ni por qué está aquí, pero parece ser que aprender a tirar golpes es una buena distracción de la vida diaria. La que quiere bajar de peso tira la patada como si realmente no quisiera bajar de peso, mientras la otra queda esperando el golpe, la vibración corporal que viene después de detener una patada.

Luego está ella, la que pelea, la que sabe lo que es estar adentro de una jaula consigo misma. A la otra que se quedó esperando el golpe, ahora le llega el golpe. El impacto viaja por todo su cuerpo, aprieta la quijada y se aguanta: no quiere arruinarle su entrenamiento. Pero la peleadora te siente, te conoce más que tú a ti misma, y controla más los siguientes golpes. Es un estira y afloja entre respetarte, motivarte, y empujarte.

Te toca con el puberto. “Soy muy malo”, me dice antes de empezar a golpear. “No importa”, le contesto. Llevo un año entrenando, y ésta sigue siendo la frase que predomina en el cajón cerebral donde colindan las artes marciales y mi autoestima. Empezamos a golpear, mientras él busca mi pierna derecha para derribarme. No lo consigue. Continuo luchando y él sigue necio en derribarme. Lo logra. Una sonrisa inunda su cara, y hasta su postura cambia: ya no es tan malo. Ni yo tampoco.

Llego a la academia Bujutsu. Cada entrenamiento es diferente, y lo único garantizado es que vas a llegar y te vas a parar frente a alguien. Uno va a dar y el otro va a recibir, y viceversa. Sin embargo—al menos que entrenes con un equipo profesional—en la mayoría de las academias te puede tocar con un principiante o con un experto, con alguien que se lo toma muy en serio, o con alguien que sólo quiere hacer algo de ejercicio. O en el peor de los casos, con alguien que sólo quiere alimentar su ego.

Casi todos los días—dependiendo de tu disciplina y constancia—te enfrentarás a él. No es tu enemigo, ni tu oponente. Es el que te cuenta las 50 patadas seguidas, el que te corrige o te deja cometer errores, el que te motiva o te permite detenerte y agarrar aire. Es el que te desespera porque no coloca bien las manoplas, es el que te frustra porque no te sigue el ritmo, pero aún así siempre te enseña algo de ti. Es el que te permite practicar, aprender y desarrollar tu técnica, después de todo a quién le gustaría hacer sombra toda una clase. Es el que te reta. Es tu compañero, proveniente del verbo compartir. Y aceptémoslo, saliendo del dojo, no muchos entienden y comparten lo que es entrenar artes marciales mixtas.

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