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Jon ‘The Problem’ Zarate: El Villano de las MMA en Colombia

Fightland Blog

Por Felipe González

Fotografías vía Felipe González.

De las peleas a puño limpio en las calles de Brooklyn a los eventos profesionales de MMA, así ha sido la rocambolesca vida del peleador más odiado en Colombia.

A diferencia de expresiones como el cine, el comic o la literatura, cuyos argumentos hace mucho se alejaron del modelo clásico que enfrenta a un héroe y a un villano, el mundo de las MMA aún se nutre vigorosamente de esa oposición. Es más: se trata de uno de los ingredientes cruciales para alimentar el interés del público en una pelea y para incendiar los ánimos de aquellos que deciden subirse a una jaula en busca de la gloria.

Casi por inercia la mayoría de los peleadores y artistas marciales querrán asumir el rol del héroe, modelo a seguir y representación por excelencia de algunos de los valores más respetados en un ser humano. Sin embargo, el héroe necesita del villano para que su gesta sea absolutamente heroica y ése es un papel que no todos pueden asumir, en buena medida porque no todos están hechos para ello. Se trata por lo tanto de un individuo especial, de un espécimen distinto al resto. Se trata de un personaje complejo, paradójico, incomprendido. Se trata de que no cualquiera puede ser un villano y menos aún un buen villano, si se me permiten la contradicción.

En Colombia ese rótulo tiene un dueño indiscutido: Jon “The Problem” Zarate, con quien me encontré hace unos días en un restaurante junto a su gimnasio en Bogotá, el Bareknuckle Gym. A pesar de ya haber cerrado sus puertas y estar de salida, el dueño del restaurante no duda en hacer una excepción, abre el congelador y cocina de nuevo para Zarate, quien comienza la entrevista disparando un interrogante relativo a mi trabajo y a mi editor.

“¿Le contó que soy el peleador que todos odian en Colombia?”, me pregunta con una buena dosis de orgullo y con el tono certero con el que segundos después se define a si mismo como “el Nick Díaz colombiano”. Su analogía, a pesar de que no exista otro como el peleador de Stockton, California no es de ninguna manera descabellada e ilustra sin errores la forma como lo ven las personas, y quizá más aún, la manera como él mismo se ve. Ya con un plato enfrente y luego de algunas referencias a los azares del día y de la vida misma, Zarate comienza a hablar sobre sus días en Estados Unidos, a donde llegó de niño junto a su madre huyendo de las amenazas de otra mujer, la esposa de su padre, un hombre “de mucha plata” al que él no conoce y el cual “la verdad ni me importa”, según sus propias palabras.

“Yo me crié en Brooklyn, New York”, comienza diciendo con una pronunciación que deja en evidencia que es el inglés y no el español el idioma que mejor conoce. “Allí la mayoría de la población es afroamericana y yo creo que por eso comenzó lo de las peleas. Ellos son muy racistas y yo para ellos era una persona blanca, por lo que me tocó muy duro la convivencia. Ya después de unos años los muchachos eran amigos míos, pero me hicieron pasar por un infierno impresionante”, recuerda “The Problem”, quien utilizó los puños para abrirse camino y ganarse el respeto en ese ambiente hostil.

“Mi mamá, humilde, tenía dos o tres trabajos entonces yo me crié en la calle; mi crianza fue lo que veía y absorbía de la calle. Así fue por mucho tiempo y para mí toda la adolescencia fueron peleas”, encuentros que constituyen las primeras memorias de una persona que asegura no tener recuerdos de su época de niño y que a falta de fotografías ni siquiera sabe cómo se veía cuando era pequeño. Ya desde ese tiempo, cuando por amistad defendía a sus amigos involucrados en las pandillas de las que asegura no haber hecho parte, algunos de ellos comenzaron a ver en Zarate a un individuo con talento y potencial para pelear.

“Me metí al YMCA de Brooklyn a hacer boxeo porque quería mejorar mis puños. Ése es un lugar para la gente pobre que no tiene plata. Uno va allá y le ponen guantes usados y tratan de ayudarlo para tener mejor vida”, que en su caso fue tomando el rumbo de las artes marciales y de los deportes de contacto. Llegaron entonces el fútbol americano, la lucha olímpica, la capoeira y el kung-fu shaolin, una disciplina a la que se integró por invitación de un shifu que notó que Zarate se quedaba mirando desde la acera cada vez que pasaba por la academia. Eventualmente, un día la invitación para cruzar la puerta llegó hasta sus oídos.

“Yo le dije al man que no tenía plata y él me dijo que trabajara para ellos, que después del colegio fuera a limpiar y que mi pago iba a ser el entrenamiento. Así lo hice por seis años y dándole duro llegué a ser cinturón negro”, a pesar de que otras actividades comenzaron a desviarlo de las artes marciales. “Por cosas de la vida, cuando uno crece y conoce las mujeres y la rumba, dejé de hacerlo. Me desconecté de eso totalmente y empecé a trabajar”, decisión que lo arrastró a emplearse en una empresa de tejados, a trabajar como operario de una excavadora e incluso a desempeñarse como agente hipotecario. 

Luego de eso vino la actuación, pero los 5,000 dólares que costaba cada ciclo en una escuela de Manhattan lo obligaron a replantear su camino luego de tres semestres. Por sugerencia de su madre regresó a Colombia a los 25 años en búsqueda de una carrera en televisión, aterrizando en Bogotá, lejos de Medellín, la ciudad en la que nació y de la que se fue siendo muy joven. Aunque se enamoró de Colombia, ese proyecto fue una desilusión descomunal. Luego de haber pasado cinco filtros y de haber grabado el piloto de una telenovela que le garantizaba seis o siete meses de contrato, Zarate fue cortado a última hora en beneficio del hijo de un amigo del director de casting. La serie fue un éxito en el país pero “The Problem” no hizo parte de ella.

“La ‘rosca’ es algo impresionante”, me dice con un dejo de impotencia ante ese recuerdo amargo. “Eso me dio duro. A uno lo ilusionan y yo ya estaba diciéndole a todo el mundo en Estados Unidos que iba a firmar contrato por seis o siete meses. Abandoné la actuación, me salí de la academia en la que estaba y quería ocupar mi tiempo. Entonces comencé a entrenar mixtas con Iván “La Bestia” Galindo. Ahí fue cuando comenzaron las MMA para mí”, un nuevo reto en el que no perdió tiempo pues apenas tres semanas más tarde levantó la mano para inscribir su nombre en su primera pelea profesional.

“Habían unos peleadores que se estaba preparando para ir a Ecuador a pelear. Uno de ellos se lesionó y yo de puro loco me metí de relleno. Ellos me decían que apenas llevaba tres semanas y que yo tomaba y que yo fumaba cigarrillo. Les dije que a mí me valía verga. Entrené dos semanas más, me fui para allá y peleé con un profesional que llevaba siete años o más en esto. A ese man le di una tunda pero no le gané porque la pelea se fue al tercer round”, un territorio desconocido en el que pagó las consecuencias de su inexperiencia. “The Problem” no escuchó la campana que anunciaba el inicio del tercer asalto y una patada inesperada en la cara mientras hablaba con su esquina puso final de forma intempestiva a su primera noche dentro de una jaula.

Poco después Zarate se alejó de “La Bestia” Galindo, comenzó a entrenar por su cuenta, abrió su propio gimnasio y a sus 32 años tiene un récord de 9-4 como peleador profesional y una reputación inconfundible que lo ha consolidado en el rol del villano de las MMA en Colombia, con el cual se siente absolutamente cómodo. “Yo lo disfruto mucho porque mi actitud es neoyorquina. Nosotros somos malmirados, somos secos. Es una cosa de crianza, de toda la vida. La gente piensa que yo soy creído y que me las doy de la chimba, pero esa ha sido mi actitud siempre y nadie me la va a cambiar. Si la gente quiere pensar que yo soy esto o lo otro a mí me da igual. Yo prefiero que me odien a que me amen. Igual siguen siendo seguidores: me siguen para verme caer y me siguen para verme triunfar”, afirmación hecha con la confianza del individuo que ante todo se conoce a si mismo.

Jon Zarate a lado de Jon Jones sosteniendo una camieta de Bareknuckle MMA.

Justamente, esa expectativa de verlo con la mano levantada o de verlo inconsciente sobre la lona demuestra que en definitiva la oposición entre el héroe y el villano no es otra cosa distinta a una cuestión de perspectiva y que se es el uno o el otro dependiendo de quién lo mire y desde dónde lo haga. Se trata pues de una asunto de preferencias y de empatía que será dirimido por la personalidad y la subjetividad de cada uno de los fanáticos, quienes sin embargo deben aceptar como un hecho irrefutable que las MMA no serían lo mismo—especialmente en aquellos lugares donde apenas se están desarrollando—de no ser por aquellos peleadores irreverentes dispuestos a encarnar el rol del villano a la manera de “The Problem”, quien tiene claro de qué se trata este negocio.

“Yo sé vender. Esto se trata de vender, de saber manejar a la gente. Yo siempre he sido humilde y después de mis peleas, ganadas o perdidas, siempre le doy respeto a mi oponente. Antes le voy a hablar mierda y le voy a decir hasta de qué se va a morir. Es trabajo psicológico, es trabajarlo de cualquier forma posible para que cuando llegue a la jaula llegue pensando dos veces por qué esta allí. Eso es lo que yo hago y ya después si quiere seamos amigos, salgamos y lo llevo a cine, lo que quiera. Pero antes no”, me dice irónico antes de disparar una última comparación.

“Yo creo que soy uno de los únicos peleadores en este país (Colombia) al que la derrota no le afecta, porque yo nunca pierdo: yo gano o aprendo algo. Yo voy a seguir peleando hasta que Dios me lo permita, hasta que tenga 50 años si es posible. Como Dan Henderson, que tiene cuarenta y tantos años y sigue peleando, así gane y pierda, gane y pierda. Mi idea es simplemente seguir y dejar el nombre de Colombia en alto”.

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