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Yoga y Jiu-Jitsu: Una pelea constante

Fightland Blog

Por Chantal Flores

“Me la pelas”, “Yo te gano”, y “A mí me sale mejor que tú” son algunas de las dulces melodías que escucho en las mañanas mientras doy clase de yoga a jiu-jitseros. No cantamos Om, ni entonamos mantras, pero es el Yoga más auténtico que he enseñado.

Hace unos meses empecé a dar clases de yoga en Bujutsu—academia de jiu-jitsu brasileño y otras artes marciales ubicada en la Ciudad de México—y el camino no ha sido sencillo. El ambiente no era el mismo que en un estudio de yoga, las respiraciones eran más pujidos que inhalaciones y exhalaciones, y la concentración era escasa. Después de cierto número de posturas, un alumno tenía que empujar o molestar a otro.

Me obligué a respirar más de lo que usualmente respiro en mi propia práctica y me fui adaptando a la carga de energía que normalmente traen los luchadores. Sin embargo, era un poco desesperante que cuando por fin a alguien le salía cierta postura, alguien más venía a empujarlo y deshacía el momento. “¿Si yo pongo atención en sus clases de jiu-jitsu, por qué ellos no se comportan en la mía?”, me preguntaba constantemente.

Así que decidí unirme al juego. Es cierto que el yoga no es sólo un ejercicio físico, es una disciplina que se enfoca en mente, cuerpo y espíritu, muy similar al jiu-jitsu. Pero es una realidad que en estos tiempos donde predomina el déficit de atención y la monotonía, a veces tienes que darle a alguien un madrazo no violento para que te escuche.

Así que subí el nivel. Al principio daba una clase tranquila considerando que ya habían luchado por una hora y sólo me enfocaba en estirar. Pero no, ahora los quería ver sufrir: sosteniendo posturas, respirando más de lo normal en el perro boca abajo, intentando quebrar su espalda para hacer un arco, empujándolos a controlar su fuerza y mantenerse en un parado de antebrazo. Me volví lo más antiyogui, pero siempre con una voz pausada y una ligera sonrisa.

Dejé atrás las expectativas de lo que una clase de yoga deber ser, y sobre todo, de cómo un alumno de yoga se debe de comportar. En mis clases de jiu-jitsu ya había sentido en el tatami algunas de las ventajas de hacer yoga: mayor flexibilidad, transiciones más suaves y ágiles, mayor rango de movimiento, entre otras. Pero ha sido en las clases de yoga que imparto donde he ido descubriendo la simbiosis que hay entre las dos disciplinas.

En el jiu-jitsu siempre tienes a un oponente externo, mientras en el yoga tú eres tu único oponente. Una vez que empiezas a fluir con las posturas—independientemente de si te salen o no—empiezas a fluir contigo mismo desde tu interior, preparándote para lo que venga del exterior. En el tatami, es obligatorio estar conectado con tu interior para que no te chingue el exterior. Y así continuamente.

Cuando digo que practico yoga, la gente me ve muy zen, con una mente tranquila. Cuando digo que entreno jiu-jitsu, la gente me ve fuerte, apta para cualquier pelea. La realidad es que no tengo nada de eso, y eso es lo que he ido aprendiendo de mis queridos alumnos jiu-jitseros yoguis. Así como los he visto aprendiendo a fluir con las posturas y así como los he visto rolar en el tatami, los veo rolar y fluir con la vida. Por algo son luchadores: siempre están en evolución.

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